martes, 15 de mayo de 2012

LOS HEREDEROS AFORTUNADOS

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  Un padre, ya muy anciano, llamó a sus tres hijos y, en cuanto les tuvo delante, les dijo:

     -Hijos míos, soy ya muy viejo y no tardaré en morirme. Por eso quiero asegurar vuestro porvenir. Cierto es que no tengo dinero ni propiedades que dejaros, y sólo dispongo de tres cosas que voy a repartiros equitativamente. Quizás os parecerán de muy poco valor, pero todo depende del uso que lleguéis a hacer. Cada uno de vosotros deberá buscar un país en el cual sea desconocido lo que le haya tocado como herencia, y no hay duda de que obrando así aseguraréis vuestro porvenir.

     Dichas estas palabras, el anciano entregó un gallo a Juan, su hijo mayor; una hoz a Antonio, el segundo y un gato a Gaspar, el tercero de los hijos.

     Los tres muchachos se quedaron bastante tristes, mas comprendieron que, dada la extrema pobreza de su padre, éste no podía entregarles otra cosa y, tomando cada uno su herencia, se alejaron del pueblo. Juntos siguieron andando hasta llegar a un lugar en que el camino se dividía en tres. Una vez allí, los tres hermanos convinieron en tomar cada uno distinta dirección, para ver si la suerte les era propicia, y también resolvieron volver al mismo sitio dos años más tarde, para darse cuenta de su respectiva situación.

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     Juan, el mayor, tomó el camino de la derecha, llevando el gallo que no le servía de cosa alguna, porque en todas partes era conocido aquel animal. Así, andando sin cesar, llegó a la costa y, después de reunir el dinero suficiente, embarcó con rumbo desconocido. La casualidad quiso que llegase a una isla, donde nadie sabía lo que era un gallo, de manera que los campos estaban bastante apurados porque ignoraban cuál era el momento del amanecer. Distinguían el día de la noche, pero cuando estaban en cama y dormidos no les era posible levantarse al salir el Sol. Juan se apresuró a mostrar el gallo a todo el mundo, diciendo:

     -Mirad que animal tan hermoso; todas las noches canta a tres horas fijas, y la última en el momento en que va a salir el Sol y, cuando canta en pleno día, es la señal más cierta de que va a cambiar el tiempo.

     Estas palabras fueron oídas con el mayor agrado por los habitantes de la isla. A la noche siguiente, nadie durmió y todos, con gran ansiedad, escucharon el canto del gallo que anunció las dos, las cuatro y las seis de la mañana. Los isleños le preguntaron si quería vender el animal y cuánto pedía por él.

     -Quiero todo el oro que sea capaz de transportar en un asno de carga.

     Tal precio les pareció irrisorio y se apresuraron a complacerle. Juan, que ya había conquistado la riqueza, empezó a hacer los preparativos necesarios para regresar a su país.

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     Antonio, el segundo hermano, tomó el camino que le correspondía, llevando la hoz y esperando llegar a algún lugar donde le fuese útil. Mas por todas partes encontraba labradores con hoces tan buenas como la suya. En vista de lo cual decidió embarcarse también y fue a parar a una isla. Allí, observó con gran alegría que nadie sabía lo que era una hoz. En aquel país, cortaban el trigo rompiendo las espigas una a una, y con la mano, cosa que costaba muchísimo tiempo y dinero, dada la cantidad de personas que debían emplear, y todo ello hacía que el precio del trigo fuera sumamente elevado. Así pues, Antonio, con el permiso de un labrador, empezó a segar con la hoz con tanta rapidez y seguridad que todo el mundo quedó asombrado. En el acto, le propusieron a Antonio la compra del instrumento por el precio que quisiera y así pudo obtener un caballo cargado con todo el oro que el animal era capaz de cargar.

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      El tercer hermano, Gaspar, estaba resuelto a sacar partido de su gato. Pero tampoco Gaspar encontró una ocasión favorable en tierra firme. Como sus hermanos, se embarcó y llegó a una isla en donde el gato era un animal completamente desconocido. En la isla, había tal cantidad de ratones que ya constituían una verdadera plaga, pues lo infestaban todo y no sentían el menor temor por los hombres. Era inútil que éstos, los hombres, intentaran darles muerte, pues de cada ratón muerto nacían otros seis.

     Todo el mundo tenía que sufrir aquella plaga espantosa. El mismo rey no estaba libre de ella, ya que los ratones corrían por todas las habitaciones del palacio, asaltaban las provisiones y, en fin, era imposible vivir con tranquilidad.

     Así que lo supo Gaspar, se apresuró a presentarse en palacio y soltó al minino, que se arrojó de inmediato contra los ratones que tenía más cerca, los mató en un santiamén y luego empezó a perseguir a los demás. Tanto se asustaron los roedores que no tardaron en abandonar el palacio. El rey, todos sus cortesanos y el pueblo entero se quedaron entusiasmados y pagaron a Gaspar el precio de un mulo cargado de oro. Gaspar regresó a su país mucho más rico aún que sus dos hermanos mayores.

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     Llegó por fin el día fijado por los tres hermanos para reunirse en el mismo punto en que, dos años atrás, se habían separado. Abrazarónse los tres llenos de alegría y comunicaron su respectiva suerte y recordaron con cariño a su anciano padre, que tal vez inspirado por Dios, les había legado lo que les permitió conquistar una fortuna de la que pacíficamente gozaron hasta el final de sus días.

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Hermanos Grimm